Por qué fallan tantas inoculaciones de bioestimulante microbiano

Por qué fallan tantas inoculaciones de bioestimulante microbiano

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Equipo Científico AIMA

AIMA Agro ·
10 min de lectura
Bioinsumos
Suelo

El producto llevaba lo que decía la etiqueta, se aplicó bien y no pasó nada. El fallo rara vez está en la cepa. Está en que el suelo ya estaba ocupado, y nadie lo comprobó antes de comprarlo.

Inocular es intentar una invasión

Aplicar un bioinsumo microbiano es introducir un organismo en una comunidad que lleva años establecida. La ecología tiene un nombre para eso, y Mallon, van Elsas y Salles (2015) lo trataron explícitamente como lo que es: una invasión microbiana, con sus fases —introducción, establecimiento, proliferación e impacto— y con la particularidad de que fracasar en cualquiera de ellas da el mismo resultado visible, que es ninguno.

Enmarcarlo así cambia la pregunta comercial. No es «¿es buena esta cepa?», sino «¿tiene esta cepa dónde instalarse en este suelo?».

El nicho ocupado: por qué un suelo sano resiste

van Elsas y colaboradores (2012) hicieron el experimento que mejor lo ilustra: redujeron de forma controlada la diversidad de un suelo y midieron si un patógeno bacteriano conseguía invadirlo. Cuanta más diversidad quedaba, peor le iba al invasor, y los autores lo atribuyen a que una comunidad diversa deja menos recursos libres.

El resultado es sobre un patógeno, pero el mecanismo no distingue intenciones: lo mismo que frena a un invasor indeseable frena a tu inóculo. De ahí la paradoja que conviene asumir antes de gastar: un suelo biológicamente rico, que es el que todos queremos, es también el que menos espacio ofrece a una cepa añadida. Y al revés, el suelo donde un inóculo tiene más posibilidades de establecerse es el empobrecido, justo donde el resto de condiciones juegan en contra.

Supervivencia: del bote al suelo se pierde mucho

Antes incluso de competir, el inóculo tiene que llegar vivo y en número suficiente. Bashan, de-Bashan, Prabhu y Hernandez (2014) revisaron quince años de desarrollo de formulaciones de bacterias promotoras del crecimiento vegetal, y el repaso deja claro que el portador es tan determinante como la cepa: de él dependen la viabilidad durante el almacenamiento, la protección frente a la desecación y la liberación en el suelo.

En campo, los sospechosos habituales son cuatro: aplicar sobre suelo seco, aplicar con sol fuerte —la radiación ultravioleta es letal para células desnudas—, mezclar en cuba con un fungicida o un cobre, y usar un producto al final de su vida útil. Cada uno por separado puede bastar para que no pase nada, y ninguno aparece en el informe posterior.

El conflicto de fondo del sector

Kaminsky, Trexler, Malik, Hockett y Bell (2019) lo plantearon con una franqueza poco habitual: desarrollar inoculantes de suelo arrastra conflictos inherentes. Las cepas que mejor se cultivan y se formulan, que son las que llegan al mercado, no tienen por qué ser las que mejor compiten en un suelo real; y un producto se diseña para funcionar en muchos sitios, mientras que el éxito de un inóculo depende justo de las condiciones locales.

Eso no convierte a los bioinsumos en humo. Schütz y colaboradores (2018) hicieron un metaanálisis global de biofertilización y encontraron respuestas positivas medias en rendimiento y en eficiencia de uso de nutrientes, con una variabilidad muy alta, y mayores en condiciones áridas y en suelos de baja fertilidad. Funcionan; lo que no hacen es funcionar en todas partes por igual. Que el efecto medio sea positivo y la varianza enorme es exactamente la razón para medir en tu parcela en vez de confiar en la media.

Cómo diseñar el ensayo que lo demuestre

Un ensayo mínimo que de verdad concluya algo necesita cinco cosas:

  1. Testigo en la misma parcela, con el mismo suelo, el mismo riego y el mismo manejo. Un testigo en otra finca compara fincas.

  2. Varias réplicas por tratamiento, independientes entre sí. Sin ellas no hay forma de saber si la diferencia supera a la variación natural.

  3. Dos tiempos: antes y después. El estado de partida es lo que convierte una diferencia en un efecto; sin él solo se sabe que las parcelas no son iguales.

  4. Una hipótesis concreta antes de empezar. «Sube la solubilización de fósforo» se puede comprobar; «mejora la salud del suelo» no se puede ni confirmar ni desmentir.

  5. Una variable agronómica además del microbioma: producción, análisis foliar, vigor. El microbioma explica; la variable agronómica justifica.

Y un detalle que ahorra dinero: el análisis previo dice si el gremio que el producto promete reforzar ya está bien cubierto en esa parcela. Si lo está, lo más probable es que inocular no se note, y eso se sabe antes de comprar el producto, no después de la campaña.

Qué mirar en el informe posterior

Hay tres resultados posibles y los tres son información. Que la cepa aparezca y el gremio se mueva: se estableció e hizo algo. Que aparezca y no se mueva nada más: llegó, pero no cambió la función; conviene revisar dosis y momento. Que no aparezca: no se estableció, y el problema está en la supervivencia o en la competencia, no en la idea.

Un aviso para no engañarse: el informe da abundancias relativas, así que una cepa puede «subir» porque otra cosa ha bajado. Por eso la lectura se hace por gremios y contra el testigo del mismo día, nunca comparando un porcentaje suelto con el de la campaña pasada.

Qué hacemos en AIMA Agro

Para quien fabrica bioinsumos esto es una oportunidad, no una amenaza: permite enseñar con datos biológicos qué hace el producto, en qué suelos y bajo qué condiciones. Diseñamos el ensayo —tratado contra testigo, réplicas, dos tiempos, muestreo junto al bulbo húmedo cuando procede—, analizamos el microbioma antes y después y cruzamos el resultado con las variables agronómicas que tengas.

Cuando lo que hay que demostrar es el modo de acción y no solo el cambio de composición, la capa que corresponde es la expresión génica: confirma si el producto activa de verdad las rutas de fijación de nitrógeno, solubilización de fósforo o producción de fitohormonas que promete la etiqueta. Y para las empresas de ensayos, los informes pueden salir bajo su propia marca.

El detalle del servicio está en análisis de microbioma para cultivos.

Referencias

  1. Mallon, C. A., van Elsas, J. D., & Salles, J. F. (2015). Microbial invasions: the process, patterns, and mechanisms. Trends in Microbiology, 23(11), 719–729. DOI: 10.1016/j.tim.2015.07.013

  2. van Elsas, J. D., Chiurazzi, M., Mallon, C. A., Elhottová, D., Krištůfek, V., & Salles, J. F. (2012). Microbial diversity determines the invasion of soil by a bacterial pathogen. Proceedings of the National Academy of Sciences, 109(4), 1159–1164. DOI: 10.1073/pnas.1109326109

  3. Kaminsky, L. M., Trexler, R. V., Malik, R. J., Hockett, K. L., & Bell, T. H. (2019). The inherent conflicts in developing soil microbial inoculants. Trends in Biotechnology, 37(2), 140–151. DOI: 10.1016/j.tibtech.2018.11.011

  4. Bashan, Y., de-Bashan, L. E., Prabhu, S. R., & Hernandez, J.-P. (2014). Advances in plant growth-promoting bacterial inoculant technology: formulations and practical perspectives (1998–2013). Plant and Soil, 378(1–2), 1–33. DOI: 10.1007/s11104-013-1956-x

  5. Schütz, L., Gattinger, A., Meier, M., Müller, A., Boller, T., Mäder, P., & Mathimaran, N. (2018). Improving crop yield and nutrient use efficiency via biofertilization — a global meta-analysis. Frontiers in Plant Science, 8, 2204. DOI: 10.3389/fpls.2017.02204

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